Superficie nacional estimada
Distribuidos en aproximadamente 55 localidades del litoral costero dominicano, representando el 1.5 % de la cobertura forestal total del territorio.
Los manglares son bosques costeros que crecen en zonas donde se mezclan el agua dulce y salada, bajo condiciones de inundación periódica y suelos saturados.
En la República Dominicana forman parte de un sistema interconectado con praderas marinas y arrecifes de coral, lo que los convierte en una pieza central del funcionamiento ecológico de la costa. Su ubicación en la frontera entre tierra y mar les permite cumplir funciones que ningún otro tipo de bosque puede sustituir.
Como sus ecosistemas son capaces de sobrevivir en ambientes de alta salinidad y baja oxigenación en los suelos, esta capacidad de adaptación les permite estabilizar sedimentos, amortiguar el impacto de las olas y sostener una gran diversidad de especies que dependen de ellos en distintas etapas de su vida.
En el país, los manglares están dominados por cuatro especies principales: mangle rojo (Rhizophora mangle), mangle negro (Avicennia germinans), mangle blanco (Laguncularia racemosa) y mangle botón (Conocarpus erectus). Estas especies se distribuyen en un patrón bien definido que responde a cambios en salinidad, inundación y tipo de suelo.
El rojo domina la zona intermareal, donde el contacto con el agua es constante, con raíces aéreas que forman estructuras complejas. Hacia el interior aparecen combinaciones con negro y blanco, en una transición típica del Caribe.
Un censo nacional reciente de ecosistemas costeros, desarrollado a través del programa Monitorea —con la participación de la Fundación Dominicana de Estudios Marinos (Fundemar), The Nature Conservancy, el Ministerio de Medio Ambiente y otras instituciones técnicas y académicas— indica que los manglares dominicanos mantienen en términos generales una estructura dentro de los rangos esperados para la región, aunque con variaciones importantes entre localidades.
Los manglares ocupan entre 258 y 274 kilómetros cuadrados del territorio nacional, distribuidos en unas 55 localidades costeras. Representan el 1.5 % de la superficie forestal.
Las mayores extensiones se concentran en Montecristi, Los Haitises, la Bahía de Samaná y la región este.
Pero, a pesar de su importancia, entre el 1996 y el 2021, el país perdió aproximadamente 4.6 kilómetros cuadrados de manglar, una superficie equivalente a unas seis veces el parque Mirador Sur. Aunque esta cifra puede parecer limitada frente al total nacional, no refleja completamente el estado del ecosistema.
Datos del programa Monitorea muestran que cerca del 20 % de los manglares evaluados presenta coberturas inferiores al 50 %, lo que evidencia deterioro en múltiples localidades. Este patrón indica que la degradación no siempre se expresa como pérdida de superficie, sino como cambios en la estructura, densidad y funcionalidad del bosque.
A pesar de estas presiones, el país conserva algunos de los sistemas de manglar más importantes del Caribe insular. En Montecristi, incluyendo el Parque Nacional El Morro y los manglares de Estero Balsa, se extienden grandes franjas de bosque conectadas por canales y lagunas costeras. En Estero Hondo, estos ecosistemas forman parte de refugios de vida silvestre donde convergen aves, peces y mamíferos marinos.
Más al este, el sistema del Bajo Yuna y la Bahía de Samaná albergan extensos humedales donde el manglar se mezcla con bosques pantanosos. En Los Haitises, los manglares bordean una de las zonas kársticas más complejas del país, mientras que en el Parque Nacional Cotubanamá se integran con arrecifes y praderas marinas en un mismo paisaje costero.
Estos espacios no solo son esenciales desde el punto de vista ecológico, sino que representan algunos de los paisajes naturales más ricos y diversos de la República Dominicana.
Los manglares actúan como barreras naturales frente a tormentas y marejadas, reduciendo la energía del oleaje y protegiendo las costas de la erosión. También funcionan como viveros de especies marinas, albergando peces juveniles de importancia ecológica y comercial en sus raíces, lo que los convierte en un soporte directo para las pesquerías.
Además, filtran sedimentos y contaminantes, mejorando la calidad del agua, y desempeñan un papel clave en el almacenamiento de carbono azul. Sus suelos contienen grandes cantidades de materia orgánica, lo que los posiciona como ecosistemas estratégicos frente al cambio climático.
En la República Dominicana, los manglares están protegidos por la legislación ambiental vigente y forman parte de compromisos internacionales de conservación, como la Convención Ramsar sobre los Humedales, que promueve su uso racional y protección a largo plazo. Pero esto no ha impedido la intrusión humana.
Entre las presiones más reconocidas a las que se enfrentan están la expansión urbana y turística, la agricultura, la ganadería, la contaminación, la tala y las alteraciones en el flujo natural del agua.
A estos factores se suman los efectos del cambio climático, como el aumento del nivel del mar, las sequías y la mayor intensidad de tormentas.
Distribuidos en aproximadamente 55 localidades del litoral costero dominicano, representando el 1.5 % de la cobertura forestal total del territorio.
Una superficie de impacto equivalente a unas seis veces la extensión del parque Mirador Sur, reflejando tensiones estructurales crónicas en sus coberturas densas.
Casos puntuales documentados por las autoridades ambientales que demuestran alteraciones críticas del flujo de agua y la introducción masiva de plásticos y residuos oleosos en las raíces.
En los últimos años también se han documentado impactos directos que reflejan la vulnerabilidad de estos ecosistemas. En el humedal Estillero, en Samaná, el Ministerio de Medio Ambiente reportó la afectación de un área cercana a 18 hectáreas de manglar asociada a alteraciones en el flujo natural del agua. A esto se suma la pérdida de aproximadamente siete hectáreas de manglar en Montecristi, en un evento distinto.
De forma similar, en la desembocadura del río Yaque del Norte se ha observado la muerte de parches de manglar asociada a la acumulación de desechos sólidos, principalmente plásticos, que bloquean el flujo natural del agua y alteran las condiciones necesarias para la supervivencia del bosque.
A estos casos se agregan impactos crónicos en zonas como Luperón, en Puerto Plata, donde el uso de manglares como puntos de amarre para embarcaciones ejerce presión sobre las raíces, mientras que derrames de material oleoso afectan la calidad del agua y la biodiversidad.
En conjunto, los casos documentados en Estillero y Montecristi representan una superficie cercana a un cuarto de kilómetro cuadrado, equivalente a aproximadamente la mitad del área intervenida recientemente mediante jornadas de siembra a nivel nacional.
En los últimos años se han desarrollado múltiples jornadas de siembra de manglar como parte de esfuerzos institucionales de recuperación y manejo costero. Datos del Ministerio de Medio Ambiente indican que se han plantado más de 240,000 individuos en unas 219 jornadas, abarcando una superficie cercana a los 518,000 metros cuadrados, equivalente a poco más de medio kilómetro cuadrado intervenido.
Estas cifras reflejan un esfuerzo en distintos puntos del país, incluyendo provincias como El Seibo, Puerto Plata, Samaná y Montecristi, donde se concentran buena parte de estas intervenciones.
Sin embargo, estos datos describen procesos de siembra y no necesariamente restauración ecológica en sentido estricto. En ecosistemas como el manglar, la recuperación depende de factores como el flujo de agua, la salinidad y la dinámica de sedimentos, además de la supervivencia y crecimiento de las plántulas en el tiempo.
Esto marca una diferencia clave: sembrar no garantiza que el bosque se recupere. Sin datos sistemáticos de supervivencia y desarrollo estructural, resulta difícil evaluar en qué medida estas intervenciones están logrando restablecer la funcionalidad del ecosistema.
Si se comparan las escalas, las intervenciones recientes abarcan una superficie cercana a medio kilómetro cuadrado, frente a una pérdida acumulada de aproximadamente 4.6 kilómetros cuadrados en las últimas décadas. Esto sugiere que los esfuerzos actuales, aunque relevantes, todavía operan a una escala menor frente al deterioro histórico del ecosistema.
En otras palabras, la magnitud del problema sigue siendo mayor que la escala de las intervenciones.
Los análisis describen un ecosistema que todavía funciona, pero que empieza a mostrar señales de estrés. No es un colapso, sino una fase previa.
Pon a prueba tus conocimientos sobre nuestros pulmones verdes y descubre tu rango ecológico.